Aladino y la l√°mpara m√°gica de Las mil y una noches - Cuentos Cl√°sicos infantiles

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Aladino y la l√°mpara m√°gica de Las mil y una noches

Hace tiempo, el padre de un joven murió. Aladino, que así se llamaba el joven, ocupó el lugar de su padre en la gestión de la tienda familiar con su madre. Un día, un desconocido entró en la tienda.

"Soy tu tío", le dijo el desconocido a Aladino. "He venido a verte".

"Pero mi padre nunca habló de un hermano", dijo Aladino.

La madre de Aladino se volvi√≥. "Mi marido no ten√≠a ning√ļn hermano", dijo al desconocido, entrecerrando los ojos.

"Le aseguro que es cierto", dijo el desconocido. "Hace a√Īos su marido y yo acordamos que si le ocurr√≠a algo, ya que he sido muy afortunado en mi vida, ayudar√≠a a traer la misma buena fortuna a su familia".

La madre se interes√≥. "¬ŅQu√© tienes en mente?", dijo.

"S√© de un lugar secreto que guarda muchas riquezas", dijo el desconocido. "Me llevar√© a tu hijo. Con la riqueza que encontrar√° all√≠, t√ļ y √©l estar√©is establecidos de por vida".

Y as√≠ la madre acept√≥. El anciano y el ni√Īo viajaron durante d√≠as por el desierto. Por fin llegaron a una cueva. "Debes saber que he aprendido un poco de magia en mi vida", dijo el anciano a Aladino. "No te sorprendas por nada que puedas ver".

Entraron en la cueva. La oscuridad era total. El anciano abri√≥ el pu√Īo y una bola de luz apareci√≥ de repente, iluminando la cueva. Bajo la luz, con un largo dedo, dibuj√≥ la forma de un c√≠rculo sobre el suelo. Sac√≥ de su bolsillo un poco de polvo rojo y lo arroj√≥ sobre el c√≠rculo, y al mismo tiempo dijo algunas palabras m√°gicas. La tierra tembl√≥ un poco ante ellos. El suelo de la cueva se abri√≥, y las grietas se hicieron m√°s amplias y profundas. Entonces, de debajo del suelo surgi√≥ un gigantesco cristal de cuarzo blanco que llen√≥ el c√≠rculo.

"No os alarméis", dijo el mago. "Bajo este gigantesco cristal blanco se encuentra un tesoro que va a ser vuestro".

Cantó unas palabras mágicas y el cristal gigante se elevó varios metros en el aire, se movió hacia un lado y se posó. Aladino se asomó al agujero. Vio unos escalones que conducían a un agujero oscuro.

"No temas nada", le dijo el mago a Aladino. "Pero obedece. Baja, y al pie de los escalones, sigue un largo pasillo. Atravesarás un jardín de árboles frutales. No debes tocar nada de ellos. Sigue caminando hasta que llegues a una gran piedra plana y sobre la piedra habrá una lámpara encendida. Vierte el aceite de la lámpara y tráemela. Ahora vete".

Aladino bajó lentamente las escaleras. Atravesó el jardín de los árboles frutales y, para su sorpresa, los árboles contenían frutas que brillaban y resplandecían. No pudo evitar alargar la mano y tocar una.

Entonces -demasiado tarde- recordó lo que había dicho su tío. Pero no ocurrió nada terrible. Así que pensó que podría guardar la fina fruta-joya en el bolsillo de su chaleco. Entonces cogió otra y otra fruta-joya, hasta que todos sus bolsillos estuvieron llenos.

Aladino llegó a la gran piedra plana, y sobre ella había una lámpara encendida, tal como había dicho su tío. Vertió el aceite y la llevó a la entrada de la cueva.

Aladino gritó: "¡Aquí estoy, tío!"

El mago gritó con mucha prisa: "¡Dame la lámpara!".

"En cuanto me saques", dijo Aladino, preguntándose por qué el mago parecía tener tanta prisa.

"No, dame la l√°mpara AHORA", grit√≥ el anciano, bajando la mano. Porque ver√°s, la √ļnica manera de que la l√°mpara saliera de la cueva era como un regalo, de una persona a otra.

El mago lo sabía, y quería quitarle la lámpara al muchacho tan pronto como pudiera, y luego matarlo. Aladino sintió un escalofrío en el aire. Algo estaba mal. De alguna manera sabía que no debía entregar la lámpara.

"Déjame subir primero", dijo Aladino. "Entonces te daré la lámpara".

El mago estaba furioso. Entró en cólera y ladró más palabras mágicas. El gigantesco cristal de cuarzo blanco se elevó, planeó sobre el agujero y se posó. Todo se oscureció abajo. Aladino estaba atrapado.

Durante dos d√≠as, Aladino se desesper√≥. "¬ŅPor qu√© no entregu√© esta vieja l√°mpara? ¬ŅA qui√©n le importa? Sea lo que sea que haya salido, ¬°no pod√≠a ser peor que esto! ¬ŅEn qu√© estaba pensando?"

Frotando la lámpara, gimió: "¡Oh, cómo quisiera salir de aquí!"

Al instante, un enorme Genio se elev√≥ en el aire. "¬°Eres mi maestro!", dijo el Genio. "¬ŅEse fue tu primer deseo, salir de esta cueva? Tres deseos son tuyos para ordenar".

Aladino se quedó con la boca abierta, asombrado. Murmuró que sí, ¡por supuesto! Lo que más deseaba era salir de la cueva y volver a casa. Al momento siguiente, Aladino estaba fuera de su propia casa, todavía con la lámpara en la mano y con todas sus joyas en los bolsillos del chaleco.

Su madre no pod√≠a creer el cuento que le hab√≠a contado su hijo. "¬ŅL√°mpara m√°gica?", se ri√≥. "¬ŅEsa vieja cosa?" Tom√≥ la l√°mpara, cogi√≥ un trapo y empez√≥ a limpiarla. "Si realmente hubiera un Genio en esta vieja l√°mpara, le dir√≠a: '¬°Genio, haz un fest√≠n para mi hijo y para m√≠, y s√≠rvelo en platos de oro!".

Puedes imaginar la sorpresa de la madre. El Genio salió de la lámpara, y un festín digno de un rey pesó sobre la mesa de su cocina, en platos de oro reluciente.

Madre e hijo disfrutaron de un festín sin igual. Luego la madre lavó y vendió los platos de oro, y compró lo necesario para vivir. Desde entonces, Aladino y su madre vivieron bien.

Un d√≠a, Aladino pens√≥: "¬ŅPor qu√© pensar en peque√Īo? Con mis frutos-joya, podr√≠a casarme con la princesa y convertirme en el pr√≠ncipe de esta tierra".

Su madre se rió. "¡No puedes ir a un palacio con unos buenos regalos y esperar casarte con la princesa!" Pero Aladino la instó a intentarlo. Envolvieron algunas de las frutas-joya en telas de seda, y la madre se dirigió al palacio.

Los guardias la detuvieron enseguida. Pero como ella insistió en que tenía algo muy valioso para el sultán, la dejaron entrar.

Dijo el sult√°n: "¬ŅQu√© me has tra√≠do en esos trapos de seda?"

Ella le mostró las joyas-frutas. El sultán quedó impresionado. "Pero si tu hijo es tan digno de mi hija como dices, debe traerme 40 bandejas de oro con las mismas gemas, llevadas por sirvientes".

La madre se fue a casa y le contó a su hijo la exigencia del Sultán. "No hay problema", dijo Aladino. "Llama al Genio y pide tu segundo deseo". Y así, su madre frotó la lámpara y pidió su segundo deseo. Al poco tiempo, estaba en las escaleras del palacio del Sultán con 40 bandejas doradas con las frutas-joya, llevadas por otros tantos sirvientes.

El sultán se alegró. "¡Pero no puedes pensar que esto es suficiente para ganar la mano de mi hija!", dijo. "Para ganar realmente mi favor, tu hijo debe construir un palacio de oro para que él y mi hija vivan".

La Madre tambi√©n trajo esta noticia. As√≠ que para su tercer deseo, la Madre pidi√≥ al Genio que creara un palacio de oro. A la ma√Īana siguiente, justo en la puerta de la habitaci√≥n del Sult√°n, apareci√≥ un enorme palacio dorado que brillaba bajo el sol.

Mientras tanto, en la casa de Aladino, su madre le dijo: "Es hora de que te vayas, hijo mío, a conocer a tu princesa". Agotados sus deseos, le dio la lámpara.

A la ma√Īana siguiente, el Sult√°n llam√≥ a su hija. "¬°Mira este palacio!", dijo, se√Īalando por la ventana. "¬°Este es el marido para ti!"

"¬ŅQu√© quieres decir, padre?", dijo su hija. "¬ŅQu√© sabes de este hombre? ¬ŅLe has conocido alguna vez?"

"¬ŅQu√© hay que saber?", dijo el sult√°n. "Puede hacer aparecer un palacio de oro de la noche a la ma√Īana. Es incluso m√°s poderoso que mi consejero real, el visir".

"Ayer, tu visir era el hombre m√°s poderoso del reino", dijo su hija, "y yo iba a casarme con √©l. Hoy, este desconocido es el m√°s poderoso y me voy a casar con √©l. ¬ŅPor qu√© crees que me importa qui√©n es el m√°s poderoso?"

"¡A mí me importa!", dijo el sultán. En voz más baja dijo: "Hija, estás emocionada por tener un marido tan bueno".

"¡No puedo creerlo!" La princesa levantó los brazos con desesperación y se fue.

En su tocador, la princesa gimi√≥. A Nadia, su dama de compa√Ī√≠a, le dijo: "¬°Mi padre est√° decidido a casarme, pase lo que pase!".

"Pero se√Īora", dijo Nadia, "¬Ņno es este maravilloso desconocido un excelente partido para usted?".

La princesa suspir√≥. Mir√≥ a su dama de compa√Ī√≠a. "No sabes la suerte que tienes", dijo. "Preferir√≠a vivir tu vida que ser entregada de esta manera".

"Y yo preferir√≠a vivir la tuya", dijo Nadia. Las dos se miraron fijamente durante un par de minutos. Eran m√°s o menos de la misma altura, con el pelo del mismo color. Con todos los pa√Īuelos que llevaban las doncellas como ellas...

"¬°Vamos a hacerlo!", dijeron juntas. Y las dos se cambiaron de ropa.

En ese momento, Aladino se dirigía al palacio del sultán en un caballo blanco, dispuesto a encontrarse con su novia. El Sultán lo saludó calurosamente.

"Qu√©date aqu√≠, en mi palacio, hasta que terminen los preparativos de tu boda", dijo. Aladino no pudo conocer a la princesa hasta el d√≠a de su boda. Vislumbr√≥ a Nadia desde la distancia, cubierta de pa√Īuelos, pensando que era la verdadera princesa. Aladino, el sult√°n y todos los dem√°s en el palacio esperaban con creciente emoci√≥n el d√≠a de la boda.

Excepto una persona. El tío-mago que había dejado a Aladino atrapado en la cueva era también el visir del sultán.

Había reconocido a Aladino de inmediato. Sabía que sólo podía haber una razón para que el joven pudiera presentar toda esta magia al Sultán. Aladino debía haber escapado de la cueva, ¡y con la lámpara!

"¡Me vengaré!", juró el visir. "¡Si alguien debe tener la lámpara, soy yo!" Con su magia, pudo saber dónde había escondido Aladino la lámpara. Mientras Aladino dormía, el visir entró sigilosamente y la tomó.

En un lugar tranquilo, el visir pidió su primer deseo: "Genio, haz lo que te digo. Quiero que lleves el palacio de Aladino a un lugar lejano en el desierto que nadie pueda encontrar".

Lo que el visir no sabía era que en ese mismo momento, Nadia estaba explorando el palacio de Aladino. Y hay algo más que el Visir no sabía. El Genio pensó que el Visir había ordenado que se lo llevaran también, junto con el palacio. Así que el Genio envió al Visir, al palacio de oro y a Nadia en su interior, todos juntos al lejano lugar del desierto.

A la ma√Īana siguiente, el Sult√°n se despert√≥ y no vio nada fuera de la ventana de su habitaci√≥n, donde hab√≠a estado el palacio de Aladino el d√≠a anterior. Al momento siguiente, sus sirvientes entraron corriendo, anunciando que la princesa hab√≠a desaparecido. Furioso, llam√≥ a Aladino.

"¬ŅQu√© has hecho?", grit√≥ furioso. "¬°Por culpa de tus trucos de magia he perdido a mi hija! Debes devolv√©rmela en tres d√≠as o te costar√° la cabeza".

Aladino pensó que simplemente usaría su segundo deseo y el Genio le devolvería la princesa y también el castillo. Pero su lámpara mágica había desaparecido, ¡buscó por todas partes!

Desesperado, Aladino no pudo hacer otra cosa que abandonar el palacio del sult√°n en el caballo blanco en el que hab√≠a entrado. Lamentablemente, cabalg√≥ de ciudad en ciudad, pero nadie sab√≠a nada de un palacio que hab√≠a aparecido de la noche a la ma√Īana, por no hablar de uno con una princesa dentro.

Te preguntar√°s, ¬Ņd√≥nde estaba la verdadera princesa todo este tiempo? Vestida como una sirvienta, hab√≠a salido sigilosamente del palacio el mismo d√≠a en que hab√≠a cambiado de ropa con Nadia. Baj√≥ al mercado y all√≠ se encontr√≥ con un viejo mercader. El viejo mercader le dijo que estaba cansado de cabalgar tantos a√Īos de ciudad en ciudad, vendiendo sus pociones y perfumes.

La princesa iba vestida humildemente, pero a√ļn as√≠ se comportaba como la realeza. Se gan√≥ la confianza del viejo mercader, y cuando se ofreci√≥ a montar en su caravana de camellos para √©l y compartir lo que ganaba, √©l qued√≥ encantado. As√≠ fue como nuestra princesa se encontr√≥ recorriendo el desierto, vendiendo pociones y perfumes de pueblo en pueblo.

Pasaron dos días. Aladino no estaba más cerca de encontrar su palacio perdido que antes de dejar al sultán. Agazapado frente a su tienda, Aladino se tomó la cabeza entre las manos.

"¬ŅPor qu√© esa cara triste?" La princesa pasaba por all√≠ y detuvo su caravana de camellos. "Quiz√°s una poci√≥n te haga sentir mejor".

"No, gracias", dijo Aladino. "Lo √ļnico que podr√≠a ayudar es si pudiera traer de vuelta a una princesa y encontrar mi palacio perdido. Ver√°s, mi palacio desapareci√≥ de la noche a la ma√Īana en un lugar que no s√© d√≥nde. La princesa probablemente estaba dentro de √©l. Es una tarea imposible".

"Tal vez no", dijo la princesa. "En mis viajes, he oído hablar de un palacio en el desierto que apareció de la nada, no hace mucho tiempo".

"¬ŅEn serio?", dijo Aladino. Levant√≥ la vista. "¬ŅSabes d√≥nde?"

"Creo que s√≠. Podr√≠a llevarte all√≠. Si salimos ahora, podr√≠amos llegar por la ma√Īana".

"¡Estaría muy agradecido!" dijo Aladino. Había dejado todas las frutas-joya con su madre, excepto una. Se la ofreció al camellero como pago.

"Oh, qu√©datela", dijo ella con un gesto de la mano. "No es ning√ļn problema. Trae tu caballo para que cabalgue junto a mi camello".

Cabalgando durante la noche, los dos hablaron de muchas cosas. Aladino se maravilló de la facilidad de trato y el espíritu generoso de la joven. De alguna manera sabía que podía confiar en ella. Al poco tiempo, le contó su historia de cómo había descubierto la lámpara mágica en la cueva y cómo se la habían robado, junto con el palacio.

A medida que la luz de la ma√Īana se hac√≠a m√°s clara, cabalgaban entre dos paredes de roca muy altas, de color rosa, con finas bandas de blanco y azul. De repente, las paredes de roca terminaron y llegaron a un claro.

"¬°Mira!", dijo la princesa, se√Īalando hacia adelante. "¬ŅEs eso?"

"¡Es!" gritó Aladino con alegría, reconociendo su palacio. "¡Espero que la princesa siga ahí dentro!", dijo. "Aunque sin mi lámpara, no tengo forma de hacerlos volver a tiempo".

En ese momento, Nadia, que había sido arrastrada junto con el palacio, como sin duda recuerdas, miraba por la ventana a los nuevos invitados. Para su sorpresa, reconoció al jinete de la caravana de camellos nada menos que como su querida ex ama. Les hizo un gesto para que se acercaran a la puerta principal.

Los criados dejaron entrar a los invitados. Nadia los llev√≥ al sal√≥n y cerr√≥ la puerta. Dijo: "¬°Se√Īora! Cu√°nto me alegro de verla".

"Yo también me alegro de verte, Nadia".

Aladino estaba sorprendido. "¬ŅOs conoc√©is?"

Pero la princesa s√≥lo le dijo a Nadia: "Dime, ¬ŅQu√© te parece ser una princesa?"

"Al principio, los vestidos eran maravillosos", dijo. "¬°Todo lo que hab√≠a so√Īado! Y me gustaba bastante toda la atenci√≥n que recib√≠a. Pero cuando me dej√© llevar por este palacio, el visir tambi√©n lo hizo. Durante los dos √ļltimos d√≠as no ha hecho otra cosa que volar de un lado a otro enfadado y destrozar cosas. Me ha encerrado aqu√≠".

"¬°Eso es terrible!", dijo la princesa.

"Hay m√°s", dijo Nadia. "¬°Dijo con su l√°mpara que ma√Īana volveremos a la tierra del sult√°n y tendr√© que casarme con √©l!".

"Dijo... ¬Ņcon su l√°mpara?" Aladino y la princesa se miraron.

La princesa se volvió hacia Nadia. "¡Espera un momento! Tengo un plan".

La princesa le dio a Nadia una de las pociones para dormir que ten√≠a. Le dijo a Nadia que cuando el visir volviera esa noche, ella deb√≠a verter la poci√≥n para dormir en su vino. Se quedar√≠a dormido tan profundamente que no lo despertar√≠a ning√ļn ruido. Eso fue lo que hizo. Cuando el malvado roncaba, Nadia, la princesa y Aladino buscaron la l√°mpara m√°gica por todas partes. Por fin la encontraron.

Con la lámpara de nuevo en sus manos, Aladino dijo: "Ahora puedo pedir un segundo deseo. Voy a desear que este castillo y todos los que están en él vuelvan al reino del sultán, excepto el visir".

"¡Espera!" dijo la princesa. "Déjame a mí también".

Aladino la instó a ir con él, pero la princesa no quiso. Le gustaba demasiado la vida de libertad que llevaba. A Aladino no le gustaba nada que la dejaran atrás con el visir. Pero ella le aseguró que el visir no se despertaría hasta dentro de unas horas, y que ella tendría tiempo de sobra para alejarse.

Así que Aladino frotó la lámpara y expuso su deseo al Genio.

En un santiamén, Aladino, el palacio y Nadia fueron transportados de vuelta al mismo lugar donde el palacio había estado antes.

El Sult√°n estaba encantado de tener de vuelta a su hija, o se podr√≠a decir, a la joven que √©l cre√≠a que era su hija, cubierta como estaba de pa√Īuelos. "¬°Celebraremos la boda dentro de tres d√≠as!", le dijo el sult√°n a Aladino.

Sin embargo, una tristeza crec√≠a en el coraz√≥n de Aladino. Nadia era, en efecto, una joven simp√°tica, y tambi√©n muy agradable. Pero hab√≠a algo en esa mujer que viajaba en la caravana de camellos, vendiendo perfumes y pociones. No pod√≠a quitarse de la cabeza el sonido de su risa, su mente inteligente y el confort de su compa√Ī√≠a. Por fin, frot√≥ la l√°mpara.

"Maestro", dijo el Genio, "¬Ņquieres monta√Īas de joyas para tu tercer deseo, poder sobre todas las tierras vecinas, o la fuerza de 100 hombres?"

"Nada de eso", dijo Aladino. "Deseo que me lleves con esa joven que conocí, la jinete de camellos, la vendedora de perfumes y pociones".

"¬°Pero Maestro, este es tu tercer y √ļltimo deseo!" dijo el Genio. "¬ŅQu√© pasar√≠a si le ofrecieras tu coraz√≥n a esta mujer y ella no te eligiera a ti? Perder√≠as tu oportunidad de casarte con la hija del Sult√°n y convertirte en pr√≠ncipe".

"¡No me importa!" dijo Aladino. "Debo compartir con ella lo que hay en mi corazón. Sea lo que sea, que así sea".

As√≠ que Aladino pidi√≥ su tercer y √ļltimo deseo y fue llevado con la verdadera princesa. En sus viajes, ella no estaba tan lejos de la tierra del Sult√°n, como result√≥. Aladino comparti√≥ sus verdaderos sentimientos con ella y ella le devolvi√≥ los mismos sentimientos.

Ella le contó su historia: que había nacido princesa pero que ahora era más feliz viviendo como mercader ambulante. Aladino dijo que no quería nada mejor que pasar el resto de sus días con ella a su lado. Así que acordaron casarse y viajar juntos en el carro de camellos, vendiendo pociones y perfumes de ciudad en ciudad.

Entonces, ¬°qu√© noticia tan sorprendente! Aladino y la princesa se enteraron de que el sult√°n hab√≠a muerto repentinamente. Dijo Aladino a su reci√©n estrenada esposa: "Ya que tu padre se ha ido, ¬Ņpodr√≠as volver ahora al palacio de tu padre? Podr√≠amos gobernar el reino juntos, uno al lado del otro".

Como √ļltimo adi√≥s a su vida en el carromato, Aladino y la princesa mezclaron una poci√≥n m√°gica muy especial. En una nube de humo, apareci√≥ una alfombra m√°gica. Y en esta alfombra m√°gica Aladino y la princesa volaron de vuelta al palacio.

Nadia se alegr√≥ mucho de verlos. Con mucho gusto baj√≥ a servir de nuevo como dama de compa√Ī√≠a de la princesa.

Durante el resto de sus vidas, Aladino y la princesa gobernaron el reino sabiamente y bien. Y vivieron felices para siempre, como deber√≠as t√ļ.

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