cuento Cenicienta - Cuentos Cl√°sicos infantiles

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Cenicienta

√Črase una vez una ni√Īa llamada Cenicienta que viv√≠a con su madrastra y dos hermanastras. La pobre Cenicienta ten√≠a que trabajar duro todo el d√≠a para que las otras pudieran descansar. Era ella la que ten√≠a que levantarse cada ma√Īana cuando todav√≠a estaba oscuro y hac√≠a fr√≠o para encender el fuego. Era ella quien cocinaba las comidas. Era ella quien manten√≠a el fuego encendido. La pobre muchacha no pod√≠a mantenerse limpia de tanta ceniza y ceniza junto al fuego.

"¡Qué desastre!", se reían sus dos hermanastras. Y por eso la llamaban "Cenicienta".

Un día, una gran noticia llegó a la ciudad. ¡El Rey y la Reina iban a celebrar un baile! Era el momento de que el Príncipe encontrara una novia. Invitaron a todas las jóvenes del país a venir. Estaban locas de alegría. Se pondrían su vestido más bonito y se arreglarían el pelo muy bien. ¡Tal vez le gustaran al príncipe!

En casa de Cenicienta, ahora tenía trabajo extra. Tenía que hacer dos vestidos nuevos para sus hermanastras.

"¡Más rápido!", gritó una hermanastra.

"¬ŅA eso le llamas vestido?", grit√≥ la otra.

"¬°Oh, querida!", dijo Cenicienta. "¬ŅCu√°ndo podr√©...?"

La madrastra entr√≥ en la habitaci√≥n. "¬ŅCu√°ndo puedes QU√Č?"

"Bueno", dijo la ni√Īa, "¬Ņcu√°ndo tendr√© tiempo de hacerme mi propio vestido para el baile?".

"¬ŅT√ļ?", grit√≥ la madrastra. "¬ŅQui√©n dijo que T√ö ibas a ir al baile?"

"¡Qué risa!", dijo una hermanastra.

"¬°Qu√© l√≠o!" Se√Īalaron a Cenicienta. Todas se rieron.

Cenicienta se dijo a sí misma: "Cuando me miran, quizá ven un desastre. Pero yo no soy así. Y si pudiera, iría al baile".

Pronto llegó la hora de que la madrastra y las hermanastras se fueran a la gran fiesta.

Su elegante carruaje llegó a la puerta. La madrastra y las hermanastras saltaron dentro. Y se fueron.

"¡Adiós!", dijo Cenicienta. "¡Pasadlo bien!" Pero su madrastra y sus hermanastras no se volvieron para verla.

"¡Oh, que pena!", dijo Cenicienta con tristeza mientras el carruaje bajaba por la calle. "¡Ojalá pudiera ir yo también al baile!".

Entonces... ¬°puf!

De repente, delante de ella había un hada.

"¬ŅHas llamado?", dijo el hada.

"¬ŅLo hice?", dijo Cenicienta. "¬ŅQui√©n eres t√ļ?"

"Pues, tu Hada Madrina, ¡por supuesto! Conozco tu deseo. Y he venido a concedértelo".

"Pero..." dijo Cenicienta, "mi deseo es imposible".

"¬°Disculpa!", dijo el Hada Madrina enfadada. "¬ŅNo he aparecido de la nada?"

"Sí, lo hiciste", dijo Cenicienta.

"¬°Entonces deja que sea yo quien diga lo que es posible o no!"

"Bueno, creo que sabes que yo también quiero ir al baile". Miró su ropa sucia.

"Pero mírame".

"S√≠ que est√°s un poco desali√Īada, ni√Īa", dijo el Hada Madrina.

"Aunque tuviera algo bonito que ponerme", dijo la ni√Īa, "no tendr√≠a forma de llegar".

"Querida, todo eso es posible", dijo el Hada. Y con eso, golpeó su varita en la cabeza de Cenicienta.

Al instante, Cenicienta estaba toda limpia. Estaba vestida con un hermoso vestido azul. Llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza dentro de una cinta dorada.

"¬°Esto es maravilloso!", dijo Cenicienta.

"¬ŅQui√©n dijo que hab√≠a terminado?", dijo el Hada Madrina. Volvi√≥ a tocar su varita. Al instante, apareci√≥ un hermoso carruaje con un conductor y cuatro caballos blancos.

"¬ŅEstoy so√Īando?", dijo Cenicienta, mirando a su alrededor.

"Es tan real como puede serlo", dijo el Hada Madrina. "Pero hay una cosa que debes saber".

"¬ŅQu√© es?"

"Todo esto dura sólo hasta la medianoche. Esta noche, al sonar la medianoche, todo terminará. Todo volverá a ser como antes".

"¬°Entonces debo asegurarme de salir del baile antes de medianoche!", dijo Cenicienta.

"Buena idea", dijo el Hada Madrina. Dio un paso atr√°s. "Mi trabajo est√° hecho". Y con eso, el Hada Madrina se fue.

Cenicienta mir√≥ a su alrededor. "¬ŅDe verdad ha sucedido esto?" All√≠ estaba ella, con un fino vestido y una banda dorada en el pelo. Y all√≠ estaban su cochero y cuatro caballos delante de ella, esperando.

"¬ŅVienes?", dijo el cochero.

Ella subió al carruaje. Y se pusieron en marcha.

En el baile, el Pr√≠ncipe no sab√≠a qu√© pensar. "¬ŅPor qu√© tienes esa mirada triste?", le dijo la Reina a su hijo. "¬°Mira a tu alrededor! No podr√≠as pedir doncellas m√°s bonitas que √©stas".

"Lo sé, madre", dijo el Príncipe. Sin embargo, sabía que algo iba mal. Había conocido a muchas de las jóvenes. Pero después de decir "hola", una por una, no encontró nada más que decir.

"¬°Mira!" Alguien se√Īal√≥ la puerta principal. "¬ŅQui√©n es esa?"

Todas las cabezas se volvieron. ¬ŅQui√©n era esa encantadora doncella que bajaba las escaleras? Manten√≠a la cabeza alta y parec√≠a que pertenec√≠a a la casa. Pero nadie la conoc√≠a.

"Hay algo en ella", se dijo el Príncipe. "La sacaré a bailar". Y se acercó a Cenicienta.

"¬ŅNos conocemos?", dijo el Pr√≠ncipe.

"Estoy encantada de conocerte", dijo Cenicienta con una reverencia.

"Siento como si te conociera", dijo el Príncipe. "Pero, por supuesto, eso es imposible".

"Muchas cosas son posibles", dijo Cenicienta, "si quieres que sean verdad".

El Pr√≠ncipe sinti√≥ un salto en su coraz√≥n. Cenicienta y √©l bailaron. Cuando termin√≥ la canci√≥n, volvieron a bailar. Y luego volvieron a bailar, y una vez m√°s. Pronto las otras doncellas del baile se pusieron celosas. "¬ŅPor qu√© baila todo el tiempo con ella?", dec√≠an. "¬°Qu√© grosero!"

Pero el Príncipe sólo veía a Cenicienta. Se rieron y hablaron, y bailaron un poco más. De hecho, bailaron durante tanto tiempo que Cenicienta no vio el reloj.

"¬°Dong!", dijo el reloj.

Cenicienta levantó la vista.

"¡Dong!" volvió a sonar el reloj.

Ella volvió a levantar la vista. "¡Oh, Dios!", gritó. "¡Es casi medianoche!"

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¬ŅQu√© importa eso?", dijo el Pr√≠ncipe.

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¬°Tengo que irme!", dijo Cenicienta.

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¬°Pero si nos acabamos de conocer!", dijo el Pr√≠ncipe. "¬ŅPor qu√© te vas ahora?"

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¡Tengo que irme!", dijo Cenicienta. Corrió hacia la escalera.

"¡Dong!", sonó el reloj.

"No puedo oírte", dijo el Príncipe. "¡El reloj hace demasiado ruido!"

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¡Adiós!" dijo Cenicienta. Subió las escaleras y corrió.

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¡Por favor, detente un momento!" dijo el Príncipe.

"¡Oh, querida!", dijo ella mientras una zapatilla de cristal se le caía del pie en la escalera. Pero Cenicienta siguió corriendo hacia arriba.

"¬°Dong!", dijo el reloj.

"¡Por favor, espera un momento!", dijo el Príncipe.

"¡Dong!" sonó el reloj.

"¬°Adi√≥s!" Cenicienta se gir√≥ por √ļltima vez. Luego sali√≥ corriendo por la puerta.

"¬°Dong!" El reloj estaba en silencio. Era medianoche.

"¬°Espera!", llam√≥ el Pr√≠ncipe. Cogi√≥ su zapatilla de cristal y sali√≥ corriendo por la puerta. Mir√≥ a su alrededor, pero no pudo ver su vestido azul por ninguna parte. "Esto es todo lo que me queda de ella", dijo, mirando la zapatilla de cristal. Vio que estaba hecha de una manera especial, para ajustarse a un pie como ning√ļn otro. "En alg√ļn lugar est√° la otra zapatilla de cristal", dijo. "Y cuando la encuentre, tambi√©n la encontrar√© a ella. Entonces le pedir√© que sea mi esposa".

De caba√Īa en caba√Īa, de casa en casa, fue el Pr√≠ncipe. Una joven tras otra intentaba meter su pie dentro del zapato de cristal. Pero ninguna cab√≠a. Y as√≠ el Pr√≠ncipe sigui√≥ adelante.

Por fin, el Príncipe llegó a la casa de Cenicienta.

"¡Ya viene!", gritó una hermanastra mientras miraba por la ventana.

"¡Está en la puerta!", gritó la otra hermanastra.

"¡Rápido!", gritó la madrastra. "¡Prepárense! Una de vosotras debe ser la que meta el pie en la zapatilla. Pase lo que pase!"

El Príncipe llamó a la puerta. La madrastra abrió la puerta de golpe. "¡Entra!", dijo. "Tengo dos hijas encantadoras para que las veas".

La primera hermanastra trató de poner su pie en el zapato de cristal. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no cabía. Entonces la segunda hermanastra trató de meter su pie. También lo intentó con todas sus fuerzas. Pero no hubo suerte.

"¬ŅNo hay m√°s jovencitas en la casa?", dijo el Pr√≠ncipe.

"Ninguna", dijo la madrastra.

"Entonces me debo ir", dijo el Príncipe.

"Tal vez haya una más", dijo Cenicienta, entrando en la habitación.

"Creí que habías dicho que no había otras jóvenes aquí", dijo el Príncipe.

"¬°Ninguna que importe!" dijo la madrastra en un siseo.

"Ven aquí", dijo el Príncipe.

Cenicienta se acercó a él. El Príncipe se arrodilló y probó el zapato de cristal en su pie. Se ajustaba perfectamente. Entonces, Cenicienta sacó algo de su bolsillo. Era el otro zapato de cristal.

"¡Lo sabía!", gritó. "¡Eres la elegida!"

"¬ŅQu√©?", grit√≥ una hermanastra.

"¡Ella no!" gritó la otra hermanastra.

"¡Esto no puede ser!" gritó la madrastra.

Pero ya era demasiado tarde. El príncipe sabía que Cenicienta era la elegida. La miró a los ojos. No vio las cenizas en su pelo ni en su cara.

"¬°Te he encontrado!", dijo.

"Y yo te he encontrado a ti", dijo Cenicienta.

Y así, Cenicienta y el Príncipe se casaron y vivieron felices para siempre.

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