La chica con el pelo m√°s bonito del mundo - Cuentos Cl√°sicos infantiles

Recursos educativos - Cuentos para ni√Īos - Cuentos Cl√°sicos

La chica con el pelo m√°s bonito del mundo

√Črase una vez, en una ciudad llamada Indost√°n, un comerciante que vend√≠a perfumes y que ten√≠a una hija llamada Dorani a la que quer√≠a mucho. Dorani ten√≠a una amiga que era un hada, y tanto Dorani como su amiga hada eran capaces de cantar con m√°s dulzura y bailar con m√°s gracia que nadie en el reino. Por esta raz√≥n, el rey, o raj√°, del pa√≠s de las hadas las ten√≠a en gran estima. Y el nombre del raj√° era Indra.

Dorani tenía el pelo más bonito del mundo, pues era como el oro hilado, y su olor era como el de las rosas frescas. Pero su cabello era tan largo y espeso que su peso era a menudo insoportable. Un día le cortó un mechón brillante. Envolviendo el cabello en una gran hoja, lo arrojó al río que corría justo debajo de su ventana.

Sucedió que el hijo del rey estaba de caza y había bajado al río a beber, cuando flotó hacia él una hoja doblada, de la que salía un perfume de rosas. La abrió, y en su interior encontró un mechón de pelo como de oro hilado, del que salía una tenue y exquisita fragancia.

Cuando el pr√≠ncipe lleg√≥ a casa aquel d√≠a, ten√≠a un aspecto tan triste y estaba tan callado que su padre se pregunt√≥ si le hab√≠a ocurrido alg√ļn mal, y le pregunt√≥ a su hijo qu√© le ocurr√≠a.

El joven tom√≥ el mech√≥n de pelo que hab√≠a encontrado en el r√≠o. Lo sostuvo a la luz y respondi√≥: "Mira, padre m√≠o, ¬Ņhubo alguna vez un cabello como √©ste? Si no consigo conquistar y casarme con la joven due√Īa de ese mech√≥n, debo morir".

Así que el rey envió inmediatamente a los heraldos por todos sus dominios para que buscaran a la dama de cabellos como el oro hilado. Por fin supo que era la hija del mercader de perfumes.

El rumor se extendió rápidamente. Pronto Dorani también se enteró. Le dijo a su padre: "Si el cabello es mío y el rey me exige que me case con su hijo, entonces debo hacerlo. Pero, por favor, pídele al rey que me permita esto: que después de la boda, aunque me quedaré todo el día en el palacio, deseo regresar cada noche a mi antiguo hogar."

Su padre la escuchó con asombro, pero no respondió nada, pues sabía que ella era más sabia que él.

Por supuesto, el pelo era de Dorani, y pronto el rey llamó al mercader de perfumes, y le dijo que deseaba que su hija fuera entregada en matrimonio al príncipe.

El padre inclin√≥ la cabeza tres veces hasta el suelo. Respondi√≥: "Su alteza es nuestro se√Īor, y todo lo que nos pida lo haremos. La joven s√≥lo pide esto: que si, despu√©s de la boda, se queda todo el d√≠a en el palacio, se le permita volver cada noche a la casa de su padre".

Al rey le pareci√≥ una petici√≥n muy extra√Īa, pero se dijo que, al fin y al cabo, se trataba de un asunto de su hijo, y que la muchacha seguramente se cansar√≠a pronto de ir de un lado a otro. As√≠ que no puso ninguna dificultad, y todo se arregl√≥ r√°pidamente y la boda se celebr√≥ con gran regocijo.

Al principio, la condición impuesta a su boda con la encantadora Dorani preocupó muy poco al príncipe, pues pensaba que al menos vería a su novia durante el día. Pero, para su consternación, descubrió que ella no hacía otra cosa que estar sentada todo el tiempo en un taburete con la cabeza inclinada hacia delante sobre sus rodillas, y nunca pudo convencerla de que dijera una sola palabra.

Todas las tardes la llevaban de vuelta a su casa en una plataforma cubierta que se transportaba en palos sobre los hombros de cuatro hombres, un transporte llamado palanqu√≠n. Todas las ma√Īanas, Dorani regresaba poco despu√©s del amanecer, pero no pronunciaba ni un solo sonido, ni mostraba ninguna se√Īal durante todo el d√≠a de que hubiera visto, o√≠do o prestado atenci√≥n a su marido.

Infeliz y preocupado, el príncipe paseaba por un viejo y hermoso jardín cercano al palacio, cuando se encontró con el viejo jardinero, que había servido al bisabuelo del príncipe. Cuando el viejo jardinero vio al príncipe, se acercó, se inclinó ante él y le dijo:

"¬°Chico! ¬ŅPor qu√© pareces tan triste, qu√© te pasa?"

El príncipe respondió: "Estoy triste, viejo amigo, porque me he casado con una esposa tan hermosa como las estrellas, pero ella no me dirige ni una sola palabra, y no sé qué hacer. Noche tras noche me abandona para ir a la casa de su padre, y día tras día se sienta en la mía como si estuviera convertida en piedra, y no pronuncia palabra alguna, diga lo que diga o haga."

El jardinero pidi√≥ al pr√≠ncipe que le esperara. Al poco rato volvi√≥ con cinco o seis paquetitos, que puso en manos del joven. Le dijo: "Ma√Īana, cuando tu novia salga de palacio, espolvorea el polvo de uno de estos paquetes sobre tu cuerpo. Mientras sigues viendo todo con claridad, te volver√°s invisible para todos los dem√°s. M√°s no puedo hacer, pero que todo te vaya bien".

El príncipe le dio las gracias y guardó cuidadosamente los paquetes en su turbante.

A la noche siguiente, despu√©s de que Dorani partiera hacia la casa de su padre, el pr√≠ncipe se roci√≥ con el polvo m√°gico y se apresur√≥ a seguirla. En efecto, era invisible para todos los dem√°s, aunque se sent√≠a como siempre, y pod√≠a ver todo lo que pasaba ante √©l. R√°pidamente alcanz√≥ el palanqu√≠n y camin√≥ junto a √©l hasta la vivienda del mercader de perfumes. All√≠ su esposa entr√≥ en la casa. √Čl la sigui√≥ en silencio.

Dorani se dirigi√≥ a su propia habitaci√≥n, donde hab√≠a dos grandes palanganas, una llena de aceite de rosas y otra de agua. En ellas se lav√≥, y luego se visti√≥ con una t√ļnica de plata y se rode√≥ el cuello con un collar de perlas, mientras una corona de rosas coronaba su cabello. Una vez vestida, se sent√≥ en un taburete de cuatro patas sobre el que hab√≠a un dosel con cortinas de seda. Las corri√≥ a su alrededor. Entonces grit√≥: "¬°Vuela, taburete, vuela!".

Al instante, el taburete se elevó en el aire. El príncipe invisible, que había observado todo esto con gran asombro, lo agarró por una pata mientras volaba, y se encontró con que era llevado por el aire a gran velocidad.

Al poco tiempo llegaron a la casa del hada amiga de Dorani, que, como ya he dicho, era también la favorita del rey o rajá del país de las hadas. El hada estaba esperando en el umbral, tan bellamente vestida como la propia Dorani.

Cuando el taburete se detuvo en su puerta, el hada amiga gritó asombrada

"¬°Vaya, hoy el taburete vuela torcido!

Sospecho que has estado hablando con tu marido, así que no volará recto".

Pero Dorani declaró que no le había hablado ni una sola palabra, y que no podía pensar por qué el taburete volaba como si le pesara un lado. El hada parecía dudosa, pero no respondió, y tomó asiento junto a Dorani, mientras el príncipe volvía a sujetarse con fuerza a una pierna. Entonces el taburete se llevó a ambos por el aire hasta llegar al palacio de Indra el rajá.

Durante toda la noche, las mujeres cantaron y bailaron ante el raj√° Indra, mientras un la√ļd m√°gico tocaba por s√≠ solo la m√ļsica m√°s encantadora que el pr√≠ncipe hab√≠a escuchado jam√°s, y √©ste qued√≥ totalmente embelesado. Justo antes del amanecer, el raj√° dio la se√Īal de parar. De nuevo las dos mujeres se sentaron en el taburete y, con el pr√≠ncipe agarrado a una pata, √©ste volvi√≥ a la tierra y llev√≥ a Dorani y a su marido sanos y salvos a la tienda del perfumista.

Allí, el príncipe se apresuró a ir directamente a palacio. Al pasar el umbral de sus habitaciones volvió a ser visible. Entonces se tumbó en un sofá y esperó a que llegara Dorani.

En cuanto lleg√≥, tom√≥ asiento y permaneci√≥ tan silencioso como de costumbre, con la cabeza inclinada sobre las rodillas. Durante un rato no se oy√≥ ning√ļn ruido. Al cabo de un rato, el pr√≠ncipe dijo: "Anoche so√Ī√© un curioso sue√Īo, y como todo giraba en torno a ti, voy a cont√°rtelo, aunque no hagas caso."

La muchacha, en efecto, no respondi√≥ a sus palabras y se qued√≥ tan quieta como siempre. Pero, a pesar de ello, procedi√≥ a relatar todo lo que hab√≠a visto la noche anterior, sin omitir ning√ļn detalle. Y cuando alab√≥ su canto -y su voz tembl√≥ un poco-, Dorani se limit√≥ a mirarlo, pero no dijo nada, aunque en su propia mente se llen√≥ de asombro.

"¬°Qu√© sue√Īo!", pens√≥. "¬ŅPodr√≠a haber sido un sue√Īo? ¬ŅC√≥mo ha podido enterarse en un sue√Īo de todo lo que he hecho?" A√ļn as√≠, guard√≥ silencio. S√≥lo mir√≥ esa vez al pr√≠ncipe, y luego permaneci√≥ todo el d√≠a como antes, con la cabeza inclinada sobre las rodillas.

Cuando lleg√≥ la noche, el pr√≠ncipe volvi√≥ a hacerse invisible y la sigui√≥. Volvi√≥ a ocurrir lo mismo que antes, pero Dorani cant√≥ mejor que nunca. Por la ma√Īana, el pr√≠ncipe le cont√≥ por segunda vez a Dorani todo lo que hab√≠a hecho, fingiendo que lo hab√≠a so√Īado. Inmediatamente despu√©s de terminar, Dorani lo mir√≥. Le dijo: "¬ŅEs cierto que lo has so√Īado, o estabas realmente all√≠?".

"Estuve allí", respondió el príncipe.

"¬ŅPero por qu√© me sigues?", pregunt√≥ la muchacha.

"Porque", respondió el príncipe, "te amo, y estar contigo es la felicidad".

Esta vez los párpados de Dorani temblaron, pero no dijo nada más, y permaneció en silencio el resto del día. Sin embargo, al anochecer, justo cuando subía a su palanquín, le dijo al príncipe: "Si me amas, demuéstralo no siguiéndome esta noche".

Y entonces el príncipe hizo lo que ella deseaba, y se quedó en casa.

Aquella noche, cuando ella y su hada amiga volaron por los aires en el taburete mágico, éste volaba tan inestablemente que apenas podían mantenerse en sus asientos. Al final, el hada exclamó: "¡Sólo hay una razón para que se sacuda así! Debes haber estado hablando con tu marido".

Y Dorani respondió: "¡Sí, he hablado!". Pero no quiso decir nada más.

Aquella noche Dorani cant√≥ tan maravillosamente que al final el raj√° Indra se levant√≥ y jur√≥ que ella podr√≠a pedir lo que quisiera y √©l se lo dar√≠a. Al principio ella guard√≥ silencio. Pero cuando √©l la presion√≥, ella dijo: "Si insistes, entonces pido el la√ļd m√°gico".

El raj√°, al o√≠r esto, se disgust√≥ consigo mismo por haber hecho una promesa tan precipitada, porque valoraba el la√ļd m√°gico que tocaba por s√≠ mismo por encima de todas sus posesiones. Pero como lo hab√≠a prometido, deb√≠a cumplirlo.

"No debes volver nunca m√°s", le dijo bruscamente, "pues habiendo pedido tanto, ¬ŅC√≥mo te vas a contentar en el futuro con regalos m√°s peque√Īos?"

Dorani inclin√≥ la cabeza en silencio mientras cog√≠a el la√ļd. Sali√≥ con el hada por la gran puerta, donde les esperaba el taburete. M√°s inestable que nunca, vol√≥ de vuelta a la tierra.

Cuando Dorani lleg√≥ al palacio aquella ma√Īana, pregunt√≥ al pr√≠ncipe si hab√≠a vuelto a so√Īar. √Čl ri√≥ de felicidad, pues esta vez ella le hab√≠a hablado por su propia voluntad. Respondi√≥: "No, pero ahora empiezo a so√Īar, no con lo que ha ocurrido en el pasado, sino con lo que puede ocurrir en el futuro".

Aquel d√≠a Dorani se sent√≥ muy tranquila, pero respondi√≥ al pr√≠ncipe cuando √©ste le habl√≥. Y cuando cay√≥ la tarde, y con ella la hora de su partida, sigui√≥ sentada. El pr√≠ncipe se acerc√≥ a ella y le dijo en voz baja: "¬ŅNo vas a volver a tu casa esta noche, Dorani?".

Al oír esto, ella se levantó y se arrojó a sus brazos, susurrando: "¡Nunca más! No, nunca más te dejaré".

Así, el príncipe ganó a su hermosa esposa. Y aunque ninguno de los dos se ocupó más de las hadas y su magia, aprendieron cada día más de la magia del Amor, que todavía se puede aprender, aunque la magia de las hadas haya desaparecido hace tiempo.

Otros cuentos

Comparte este artículo!