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De entre tantas festividades, las Fiestas de las Cruces y Fuegos de mayo tienen un aroma especial y vienen a poner un punto y final a la larga espera de 365 días que los vecinos de todo un pueblo y de Tenerife en general han tenido que pasar para vivir una vez más las explosiones de color y de belleza que caracterizan estas celebraciones, que tienen lugar cada 3 de mayo.

Si bien estas fiestas se viven a lo largo y ancho del municipio, hay dos lugares a los que podemos considerar el centro de las celebraciones, como son las Calles del Medio y del Sol en el Realejo Alto y el núcleo de la Cruz Santa. No obstante y a pesar de tener muchos aspectos en común, el origen y la evolución de las celebraciones en ambos lugares ha transcurrido de forma separada e independiente en gran parte de las facetas de estas fiestas.

El fenómeno religioso de la devoción a la Cruz en Los Realejos debemos de entenderlo desde dos puntos de vista relacionados entre sí. Por un lado, el origen o fundamento histórico de esta tradición y por otro, la difusión y la devoción al Santo Madero, que está íntimamente relacionada con la impronta franciscana en el municipio. En el primer caso su origen lo debemos buscar en la terminación de la conquista de Canarias - ocurrida en Los Realejos en 1.496 - y en la colocación de una Cruz de madera en lo que luego sería el templo del Apóstol Santiago (primer templo cristiano de Tenerife). De este primitivo madero se conservan algunos trozos dentro de una Cruz de filigrana de plata que se venera en su interior. Mientras, en el segundo caso, habría que destacar la fundación del Convento Franciscano de Santa Lucía en los comienzos del siglo XVII, que propició que los propios frailes recoletos colocaran Cruces en lugares alejados de los núcleos, al borde de los caminos, o que establecieran los propios Vía Crucis. Hoy en día Los Realejos cuenta en todo el municipio con alrededor de tres centenares de este símbolo cristiano, que en capillas (capilla de la Cruz Verde), fachadas (la Cruz de Remedios o Meyos), templos, casas particulares, ocupando cabeceras de calles, riscos y peñas en el mar y en el monte (Cruz de la Degollada de Fregel a 1.400 metros de altitud), serventías, caminos reales (la Cruz del Camino de San Pedro), miradores (mirador de la Corona) o simplemente clavadas en el suelo son signos de identidad de la Villa.

calle del medio

Los enrames florales son parte esencial de la celebración de este mágico día del 3 de mayo. Capillas, ermitas y Cruces del municipio, independientemente de su ubicación, amanecen con sus mejores galas, cumpliendo de esta forma un año más con la centenaria tradición. Aun­que la toponimia, la heráldica, y las genealogías de nuestras tierras y pueblos hispa nos están salpicadas por el nombre de la Cruz, en ningún lugar se ensalza y se celebra esta festividad como en Los Realejos.

Son miles los turistas y visitantes que acuden ese día para admirar y disfrutar de los monumentos florales que el fervor realejero le vanta a los pies de sus Cruces, como las de las Calles del Sol y del Medio, y las de La Cruz Santa, un lugar donde se vive de forma distinta una hermosa tradición, que consiste en adornar y embellecer las Cruces domésticas que cada casa guarda en la intimidad hogareña, para luego abrir las puertas a la devoción popular que las visita en silencio.

La razón por la que la Iglesia Católica dedica el 3 de mayo a honrar a la Cruz, es debido a que en esa fecha del año 326 la emperatriz Elena descubrió, tras ardua búsqueda, el lugar donde se hallaba el Santo Sepulcro. La festividad de la Cruz solían celebrarla con brillantez distintos pueblo de Tenerife, pero ha sido en Los Realejos donde, por los motivos ya comentados anteriormente, ha experimentado una notabilísima evolución a lo largo y ancho de su geografía.

En el siglo XVIII las celebraciones y regocijos inherentes a estas fiestas continuaron aumentando a pesar de las limitaciones impuestas por las autoridades civiles y eclesiásticas que, poco amigas de la diversión, pretendían prohibirlo casi todo: hogueras de las vísperas, fuegos de artificio, bailes nocturnos y hasta algunas procesiones. Pero a pesar de ello, en este municipio se siguieron celebrando de la misma forma, haciendo caso omiso a las autoridades de la época, al igual que ocurriera más recientemente cuando la celebración de la Inven ción de la Cruz fue suprimida en la reforma litúrgica ordenada por el papa Juan XXIII en 1.959.

Al iniciarse la segunda mitad del siglo XIX se incrementaron los cultos religiosos y los festejos, incluyéndose enramadas, arcos de frutos del país, parrandas, etc. Tal ha sido su aceptación y arraigo, que este día ha sido elegido como fiesta local en el municipio.

LAS FIESTAS EN LAS CALLES DEL MEDIO Y DEL SOL: EL PIQUE Y LOS FUEGOS ARTIFICIALES

Con el paso del tiempo las fiestas se han visto notablemente enriquecidas, desde media dos del pasado siglo, con los exuberantes adornos florales y la espectacular exhibición pirotécnica que tiene lugar entre las Calles del Medio y del Sol, que avala la maestría de las pirotecnias de este municipio, una de ellas, la empresa Hermanos Toste, con más de doscientos años de trayectoria, es la primera de España, y ha conseguido a lo largo de su historia innumerables premios locales, nacionales e internacionales por todo el mundo.

Pero detrás de estas celebraciones y de la gran exhibición pirotécnica, hay una circunstancia que ha sido la clave fundamental para la supervivencia y desarrollo de las mismas, en lo que a las Calles del Sol y del Medio se refiere: la rivalidad - el pique - entre ambas calles, que en épocas pasadas ha estado a punto de desembocar en un auténtico estado de guerra y provocar altercados de incalculables dimensiones, vistos hoy como meras anécdotas y como un componente enriquecedor de las fiestas.

Algunos etnógrafos y antropólogos apuntan que este pique se remonta a 1.770 y a la existencia de dos clases sociales bien diferenciadas, los propietarios de la tierra en la Calle del Medio, también conocida como Calle de los Marqueses, y los medianeros y pequeños campesinos de la Calle del Sol. Esta circunstancia se ha querido ver como el origen o desencadenamiento de este tradicional pique, si bien es cierto que, tras la emigración a Venezuela, ocurrida años atrás, estos contrastes económicos tan pronunciados han desaparecido.

En algunos documentos antiguos consta que en otro tiempo la del Sol fue la Calle de La Lagaña y que estaba constituida por cuarenta y tres casas de vecindad en las que residían familias modestas económicamente, habitadas por labradores y asalariados jornaleros, algún cabuquero, zapatero, viñatero o carpintero, así como por mujeres que se dedicaban a lavar la ropa ajena, a majar lino, devanar, hilar, coser, además de cuidar a la familia, educar a los hijos y ayudar en las faenas agrícolas y ganaderas. Todo ello, como puede deducirse, dentro de un nivel de vida bajo y un grado de instrucción o formación muy escaso. Mientras, los datos transmitidos sobre los moradores de la Calle del Medio muestran nombres de clérigos, militares y apellidos compuestos de cierto abolengo, que revelan allí la presencia de gentes más acomodadas que los humildes vecinos de La Lagaña y que ayudan a comprender el origen de las famosas rivalidades vecinales de ambas calles.

Así, el pique sano entre las Calles del Medio y del Sol comienza históricamente como un día de conflicto simulado entre marqueses y campesinos. Las rivalidades consistían en que al paso de la Cruz en procesión por ambas calles se encendían hogueras, humos de colores y se hacía mucho ruido, de modo que el que mayores fogatas, mayores columnas de humo o más ruido hubiera hecho, ganaría el pique ese año. Pero tras la irrupción de las pirotecnias de lleno en la fiesta se pasaron a vivir auténticas batallas campales con petardos y voladores que surcaban el cielo en horizontal buscando la calle del enemigo.

Por estos motivos las celebraciones del día de la Cruz se convirtieron en pretexto legítimo para enfrentarse, con lo que se acabó relegando a un segundo plano el carácter religioso de las mismas. En esos años la fiesta y el pique era totalmente diferente a como se vive hoy.

La procesión, eje sobre el que giran las celebraciones, empezó en su día subiendo por la Calle del Medio y bajando por la del Sol, siendo una de las primeras que se realizó, pues era la Cruz el primer signo religioso que se veneraba en la calle, hasta que posteriormente se fueron incorporando los Santos, como ocurrió en Los Realejos, al unirse algunos años después, la imagen de Santa Elena acompañando a la Cruz. No obstante, en el período comprendido entre los años 1.928 y 1.932 se modificó este recorrido y quedó sólo con la Cruz subiendo por la Calle del Sol y bajando por la Calle del Medio.

Al pasar la procesión por donde existían Cruces a lo largo del recorrido se hacía un descanso que motivó que se tuvieran una serie de detalles para venerar al Santo Madero, colocando flores y adecentando los lugares y caminos por donde pasaba éste, motivando así el comienzo de las celebraciones.

Las Cruces de ambas calles carecían de capillas y se encontraban al aire libre y el día de la fiesta se les hacían unas capillas improvisadas con varas de castaño y cañas que luego se cubrían con sábanas nuevas que prestaban los vecinos. Al mismo tiempo se les confeccionaban unos altares y se enramaban con las flores que se pedían por las casas, siguiendo más o menos el mismo modelo que se sigue usando en los enrames actuales.

Las calles antes eran de piedra y para emparejarlas y dejarlas más vistosas, a veces se rellenaban con zahorra o picón, de forma que quedaban más cómodas y lisas. También se iba al monte para bajar ramas y plumas para el adorno de las calles. Las plumas eran grandes palos o troncos finos de árbol, de unos 10 ó 12 centímetros de diámetro, que se colocaban en los bordes de la calle para sustentar los adornos.

Cada calle prepara su fiesta por separado rivalizando en magnitud y espectacularidad. Esta preparación comienza desde que terminan las celebraciones del año anterior, puesto que hay que conseguir dinero para cubrir los objetivos que cada año se marcan las comisiones de fiestas. Lo que se llama la “perra de la Cruz” es una tradición y una necesidad que lleva a pedir puerta por puerta el dinero que luego se invertirá en la fiesta, colaborando todos los vecinos y los simpatizantes con una cuota mensual que se engorda los últimos días cuando se hace la última recogida. Además de esta financiación se realizan diferentes actividades a lo largo del año para conseguir aumentar los fondos, como pueden ser: excursiones, comidas, viajes, etc., así como las ya tradicionales rifas y hartangas de Navidad. También contribuyen al fondo los donativos que muchas personas mandan desde fuera del municipio y los que se recogen al propio pie de la Cruz. Además de eso, antiguamente se calaban manteles, se criaban cochinillos y hasta hubo un tiempo en el que se criaban potros para luego venderlos. Es digno mencionar que desde siempre todas las celebraciones y actos que forman parte de la Fiesta de la Cruz se realizan con las aportaciones de los vecinos exclusivamente, ya que no reciben subvenciones ni ayudas oficiales de ningún tipo, algo que le da a estas fiestas un carácter único.

Información proporcionada por la oficina de turismo de Los Realejos.


Se comenzó rivalizando por el embellecimiento de las calles con enrames florales y es a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando el pique se acentúa al erigirse las nuevas capillas destinadas a la exaltación de la Cruz en ambas calles, donde tenían lugar los festejos dentro y fuera de sus recintos.

Al principio la actividad quedaba reducida a enramar, echar una lluvia de voladores, encender las ruedas de fuego y quemar regueros de pólvora desde las casas como promesa. Esa era la única pirotecnia. Puede afirmarse que es a partir de la postguerra española cuando se inicia el auge, en la que es calificada como frenética carrera recaudatoria para ver que calle supera a la otra en fuegos de artificio, tanto en calidad como en cantidad. Las cifras económicas nunca se revelan del todo porque hasta última hora se está pidiendo la ya mencionada “perra de la Cruz”.

Antiguamente cuando la Cruz llegaba en procesión a cada calle comenzaba la celebración con gritos y grandes estampidos ocasionados por los fuegos de explosión, formados por tracas y regueros de pólvora colocados por los fieles en las aceras y zaguanes de las casas, que al explosionar ocasionaban un gran estruendo debido al eco. Con el paso del tiempo la imaginación hizo que se fuera perfeccionando esta forma de expresión empezándose a fabricar rue das de fuegos hechas de caña, de modo que una vez sumergidos en esta vorágine de superación se consiguió añadir, a las ya novedosas ruedas de cañas, un dispositivo que hacia que éstas se eleva ran hasta alcanzar algunas pocas decenas de metros y que darían lugar posteriormente a los tan apreciados voladores de hoy en día.

Son muchas las anécdotas ocurridas con motivo de esta festividad y que han salpicado la historia de las fiestas de recuerdos pintorescos e inolvidables para sus protagonistas. Así un año se ideó un avión de varas, cañas y papel para lanzarlo por detrás de la Cruz, a través de un cable que llegaba de una zona más alta. Este avión iba lleno de petardos y antes de llegar a la capilla volcó y explotaron los petardos y todo el avión.

En 1.963 la lluvia impidió sacar en recorrido procesional la Cruz, y se expone el deseo de los vecinos de posponer las celebraciones para el domingo inmediato. El cronista ocasional explica que una pertinaz llovizna mo lestaba el tránsito y la marcha en un cortejo re ligioso de paso modera do. Sin embargo, añade éste, la verdadera razón fue la de no tener preparada la exor bitante cantidad de fue gos de artificio para que mar en ambas calles al paso de la Cruz.

En opinión de la autoridad eclesiástica de la época, la cantidad de fuego impedía el orden y el recogimiento debido en estas mani festaciones externas de culto religioso, sien do lamentablemente visible la algarabía, ca rreras y consiguiente desorden que predomi naba y campeaba debido a la inmoderada cantidad de cohetes y otros peligrosos artefactos de pi­rotecnia, que hacían peligrar la integridad personal de quienes acompañaban a la Santa Cruz en el recorrido procesional.

También existe otra anécdota inolvidable que fue la que un año protagonizaron los vecinos de la Calle del Sol cuando trajeron un cañón real proveniente del Fortín de San Fernando en la costa realejera, y llenándolo de pólvora lo dirigieron hacia los tejados y azoteas de la Calle del Medio, separadas ambas por un barranco - actualmente convertido en calle - apenas a 40 metros de distancia. No hubo que lamentar daños personales pero sí regocijo en la Calle del Sol y pánico en la del Medio.

Otro hecho bien recordado y que ilustra la entrega de los vecinos por su fiesta es el que ocurrió en 1.982, año en el que la comisión de fiestas de la Calle del Medio decidió hacer una plaza cercana a la capilla y en la que invirtieron todo el dinero recaudado, no quedando ni siquiera dinero para los fuegos. Se llegó al caso de que incluso unos veinte días antes de la fiesta se debían unas ciento y pico pesetas. Ante esta situación y al enterarse los vecinos de estos hechos salieron a pedir nuevamente la “perra de la Cruz” y consiguieron para los fuegos unos tres millones de pesetas, dejando asombrados hasta los propios miembros de la comisión de fiestas.

También surge la evocación de la comida de herman dad que unió por única vez, que se sepa, a las comisiones de fiestas de ambas calles, y que muchos sueñan en repetir. Tuvo lugar, eso sí, a mitad de camino, en la carre tera que fue puente sobre el barranco del Tornero o Tagaceite, y que las dividía sin que se mezclaran los comensales pertenecientes a una u otra comisión.

TRADICIÓN PIROTÉCNICA EN LOS REALEJOS: PIROTECNIA HERMANOS TOSTE

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Antaño la procesión salía de día, sobre las doce del mediodía, después de la misa de las diez y recorría ambas calles, ya decoradas con las plumas, ramos y otros adornos que pendían de ellos como faroles de papel, verga y ristras de papel cortado y pegado en un cordón que unía las plumas, dando mucha vistosidad al enrame. Pero con el paso del tiempo los fuegos fueron adquiriendo un protagonismo tal, que la procesión de la Cruz se pospuso del mediodía a la noche para poder observar con mejor nitidez los colores que esta nueva forma de celebración ofrecía. Con ello nació una nueva fiesta paralela a la de las Cruces y sus enrames: la de los fuegos de artificio.

Desde entonces la calidad de los fuegos no hizo más que crecer, aunque nunca se olvidó su fin último: celebrar con mucho ruido la llegada de la Cruz en procesión a cada una de las calles. Esta tradicón que surgió en un principio de forma espontánea, con el paso del tiempo fue adquiriendo una mayor organización que hizo que los fuegos tomaran un camino más de rivalidad entre vecinos, que de actividad lúdica de acompañamiento o realce a las fiestas.

Ese día la pólvora adquiere un protagonismo que no tiene parangón en otros lugares. Desde el mismo amanecer se comienzan a escuchar los voladores y sus ecos recorren todos los rincones del Valle de La Orotava. Al mediodía, después de la primera procesión de la Cruz, tiene lugar junto a la Iglesia de Santiago Apóstol una espectacular y ya tradicional traca que a nadie deja indiferente. Pero es después del anochecer cuando tiene lugar la grandiosa exhibición pirotécnica, una de las mayores y más importantes de Europa, que es capaz de reunir, durante unas tres horas, a miles de visitantes y turistas venidos de todas partes, en los miradores, carreteras, arcenes, plazas y demás rincones del municipio. Son muchos los testimonios recogidos de gentes venidas de otros países atraídas por el reclamo de unas fiestas tranquilas, seguras y espectaculares, y que acuden al municipio exclusivamente por estas fechas.

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Los Realejos es, sin duda, uno de los centros pirotécnicos más importantes de España y  de Europa. Cada calle tenía su propia pirotecnia, la Teide (actualmente Pirotecnia Hermanos Toste) en la Calle del Medio y la Santa Bárbara en la Calle del Sol, hasta que en el año 1.990 esta última desapareció tras un fatal accidente. Actualmente han cambiado las cosas y la Pirotecnia Hermanos Toste representa a la Calle del Sol y la Canarias a la Calle del Medio, pero lo que no ha cambiado es la esencia que siempre ha caracterizado estas celebraciones y que es la de venerar a la Cruz acogiendo, con los brazos abiertos, a todos aquellos que vienen cada año a admirar la devoción y entrega que los vecinos de ambas calles ponen en la realización de una fiesta única e incomparable.

La Pirotecnia Hermanos Toste es una empresa de tradición familiar que fue fundada con el nombre de Pirotecnia Teide en Los Realejos en 1.788, siendo su fundador Marcos Toste del Castillo y pasando de generación en generación hasta que en 1.982 pasa a tener su nombre actual. Sigue manteniendo el carácter artesanal en la elaboración de los fuegos artificiales y ha obtenido gran cantidad de premios que avalan su maestría y su buen hacer, como el primer premio de campeones de fuegos artificiales de Mónaco en 1.993 y 1.995, el segundo premio del mismo festival en 1.980, el segundo premio de San Sebastián en el 2.000, el premio del público Tarragona 2.003, el Arco de Europa Estrella de Oro a la Calidad Internacional en 1.990, etc.

Información proporcionada por la oficina de turismo de Los Realejos.


LAS CRUCES Y ENRAMES DE LA CRUZ SANTA

Cuenta la Leyenda que en el año 1.666 y al comienzo del mes de las flores en el Pago de Higa - antigua denominación de La Cruz Santa - un jinete de una hacienda cercana se disponía a cruzar el barranco que actualmente divide este núcleo con el próximo del municipio de La Orotava, cuando su caballo quedó totalmente frenado y se negaba a pasar a la otra orilla. El hacendado golpeó al animal y éste en un acto de rebeldía le tiró de su montura. La sorpresa del señor fue cuando, al recuperarse de la caída, vio que el caballo escarbaba y, entre piedras y arena, descubría una Cruz.

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El jinete, tras este hecho, mandó construir una capilla en el montículo de la Suerte - con el que actualmente se conoce a este lugar - y dejó emplazada allí la Cruz encontrada. Pasaron algunos años y la devoción al Santo Madero dentro del Pago iba creciendo cada vez más, pero en el año 1.713, dicha capilla desapareció a raíz de un gran aluvión, pudiendo ser rescatada no obstante la Cruz. Las gentes de la zona decidieron emplazar en otro lugar la maltrecha capilla y construyeron una ermita, que vino a ser la actual iglesia, para lo que llevaron piedras desde este barranco labradas por los propios fieles y transportadas en carretas o animales de carga cuando iban a misa. Este proceso tardó 35 años en completarse.

Desde entonces, y hace ya algo más de 300 años, la devoción a la Santa Cruz sigue intacta en los corazones de los crusanteros, siendo pocas las viviendas del lugar que no cuentan con su capillita o con su pequeña Cruz puntualmente enramada al llegar las fiestas.

La Cruz Santa quedó dividida en cuatro zonas, debido al reparto de las tierras entre los hijos del primer hacendado, siendo éstas Las dos Puntas (la Punta y la Punta del Muro), el Señorío de Higa y La Cartaya, quedando la nueva ermita en el centro. Se levantaron capillas en cada una de ellas, si bien con el tiempo este número fue aumentando hasta llegar a siete, perteneciendo cada capilla a familias distintas.

Las Cruces de estas capillas eran de un tamaño similar, en torno a un metro y treinta centímetros de altura, y eran de tea (madera de pino canario). En cuanto a las Cruces de las casas, éstas solían ir ubicadas en la habitación que daba a la calle, aunque también en algunas de ellas se colocaban en los patios interiores. Normalmente esta habitación era el dormitorio principal o la sala y tenía una ven tana con unos descansos interiores en forma de asientos individuales.

Los preparativos de la fiesta y de la feria de ganado que durante ella se desarrollaba, comenzaban desde finales del mes de abril cuando se cogía la hierba que iba a servir de alimento al ganado para los tres días de celebraciones, durante los que sólo se les daba de comer y beber. También se recogían flores silvestres y de jardín para empezar con el enrame de las capillas, al tiempo que se preparaban postres para degustar entre los vecinos.

Luego se llevaba el ganado a la zona conocida como el Lomo la Era para hacer los tratos o ventas entre los ganaderos. Estas negociaciones eran de lo más elocuentes, cambiando un animal por otro animal, a no ser que encontraran alguna diferencia, caso en el que se añadía una cabra, trigo, millo (maíz), centeno o la misma hierba seca, hasta que ambas partes se pusieran de acuerdo. Ya a media tarde se iban todos al camino de las dos Puntas y se hacían las clá sicas carreras de burros, mulas y caballos. Era muy grande la concurrencia de las gentes de otros pagos. Las apuestas eran fuertes y siempre sobre los mismos caballos participantes, el que perdía tenía que pagar o dar a cambio terreno. Finalizada la tarde los labriegos volvían a sus casas y hacían lo que se conocía como el descanso de la holgazanería, que consistía en descansar hasta que las celebraciones acababan dos días después.

El día dos por la tarde se reunían las diferen tes familias en la capilla del Lomo la Era y se daba comienzo a “la matazón”, la matanza de los animales para la comida del día y del año, pues la carne se salaba y se repartía para que cada familia la guardara para los meses siguientes. Se cocinaban potajes de coles y se comían entre todas las familias, acompañando los platos con carne de cochino y gofio amasado. También se sacaban los mejores vinos con los que los participantes competían.

Acabada la cena se ponían los postres preparados en las cestas de caña y comenzaban a visitar las Cruces parándose en cada una de las casas para contemplar los enrames, hasta que llegaban a la capilla más cercana a sus casas, momento el que se compartían y se degustaban los pos tres: rolón, tortas de millo y de queso, dulces de frutas, de frutos secos, etc.

Cuando la fiesta comenzaba se elegían a los “alcaldes de capillas”, que eran los representantes de cada zona y que eran a su vez los representantes de las familias propietarias de las capillas. Ese mismo día por la noche, después de la cena, éstos se reunían y elegían al “Siño” entre ellos, que venía a ser el verdadero alcalde de las fiestas y el representante de todos los demás.

Terminadas las visitas, degustados los postres y elegido el “Siño”, se hacían los bailes en la plaza de la ermita y los padres de los jóvenes, sabiendo muchas veces los que se gustaban, o a veces los que se convenían, forma ban parejas entre sus hijos para celebrar las bodas en fechas venideras. Bien entrada la madrugada, los compromisos estaban ya pactados y se proponían al “Siño” las parejas para que les diera su bendición. En este pacto se daba a conocer “la dote” que acompañaría a la futura unión, que por parte de la mujer solía ser casa y terreno, y por parte del hombre, animales y terreno para compensar.

Cuando una pareja que se quería no era aceptada por sus familiares optaban por verse a escondidas. Una de las formas que usaban los jóvenes para que su unión fuera aceptada por los demás era ser vistos en público besándose, algo que forzaba la celebración de la boda, aunque también los obligaba a marcharse a vivir a otros lugares más alejados.

En la mañana del día tres se daban a conocer los ganadores del mejor vino obtenido en la cosecha del año y comenzaba la procesión de la venerada Cruz, que saliendo desde la ermita por la calle Real recorría el pago.

Se podría establecer una imagen general para definir la tipología de una Cruz y de su enrame. Los altares de las capillas estaban hechos de ladrillo y posteriormente se iban cubriendo y pintando. Los de las casas se hacían de madera y no permanecían fijos en la habitación, sino que se colocaban sólo en los días de las fiestas. Todos los altares tenían mantel para los escalones, que normalmente eran cinco, estando los laterales, el fondo y el techo tapizados con tela de color rojizo o morado.

En los enrames se colocaban unas jarras en número par, que se repartían en mayor medida en los laterales de los escalones y en menor medida hacia el centro. En el suelo se colocaba una jardinera principal junto al pie de la Cruz y a los lados nos encontrábamos con las champaneras, donde antiguamente se colocaban las vasijas de barro llenas de flor de mosquita (en otros lugares se conoce con el nombre de lluvia) y que servían para mantener al resto de las flores, ya que no existían las esponjas que se utilizan hoy. Los candelabros de un brazo se colocan en los escalones, de mayor a menor, siguiendo una correspondencia con los brazos de la Cruz, mientras que los de cinco brazos se colocan a los lados y en el suelo.

Un elemento característico es el sudario, que se coloca sobre los brazos de la Cruz, y en cuyos extremos suelen aparecer representadas figuras relacionadas con la pasión, imágenes de Cristo o de la Virgen. Los hay de diferentes formas y materiales pero por lo general suelen ser de seda, bordados o calados. También encontramos algunos que son muy antiguos, y que acompañan a la Cruz y al enrame desde el principio. Otros sin embargo, se han tenido que renovar debido al desgaste y al deterioro del paso del tiempo.

Las flores tienen que tener unas medidas determinadas, evitándose normalmente las que tengan menos de treinta centímetros de alto. Además en su colocación hay que tener en cuenta que cada ramo debe coincidir con el ramo del siguiente escalón y que todos cuenten con el mismo número y tipo de flores.

Se dice que los crusanteros, por lo menos los entendidos en la materia, observan detalladamente los enrames, fijándose detenidamente en la cantidad de flores de los ramos, en la decoración de las jarras y en la colocación de los detalles. Tanto es así que pueden decepcionarse si un ramo, de los que tienen que ser pares, no tiene la misma cantidad de flores o éstas están dispuestas de formas diferente. En la actualidad se enraman más de 50 Cruces en las casas de la Cruz Santa.

Información proporcionada por la oficina de turismo de Los Realejos.