Otros Cuentos

Cuentos infantiles variados.

El patito feo, por Hans Christian Andersen

 

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos.

Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez.

Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.

 el zorro y la cigueña

Cada día, cuando don Zorro se encontraba con su nueva vecina, la Cigüeña, la saludaba cortésmente.

Pasado un tiempo los dos se hicieron muy amigos.

Un día don Zorro, para celebrar su amistad, invitó a comer a la Cigüeña.

La recibió con gran entusiasmo y la hizo pasar al comedor. Tras charlar un rato se dispusieron a comer.

persona mayor

Corría el año equis, ve, i, ¡oh,oh....!, parece que no se lee así, creo que esa clase me perdí. Bueno, sólo se que ha pasado mucho, muchos años, cuando esta historia ocurrió

Han contado las malas lenguas y ahora la mía lo repite, que en un viejo castillo vive, un gran Conde que algo esconde, que nadie nunca supo donde.

Tantas historias de desventuras, mucha intriga me causó, que por los caminos me envió, para ahora vivirlas yo.

las habichuelas mágicas

Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.

-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.

Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.

cuento seguridad vial, aprender a usar el semáforo

Pedro estaba en la esquina muy atento mirando el semáforo para poder cruzar la calle, cuando de repente le pareció que el hombrecito rojo del semáforo le hacía un gesto.

“Me parece que comí muchas papas fritas y me cayeron mal”, pensó Pedro.

Miró otra vez, y se dio cuenta de que no tenía visiones, el hombrecito de arriba lo estaba llamando, y con el dedito diminuto le decía que se acercara.

“Debe andar mal el semáforo”, pensó Pedro, e intrigado se acercó para ver mejor. Entonces fue cuando el muñequito por fin le habló:

-Estoy muy aburrido, ¿no quieres charlar un ratito?, dijo el muñequito.

Pedro abrió los ojos grandes como dos huevos...

“¡No lo puedo creer! ¡¡Me habla!! No, ya sé -pensó-, alguien me está haciendo una broma.” Miró para todos lados pero no había nadie por allí, solo él y el hombrecito rojo del semáforo.

-Vamos, antes de que venga el verde cuéntame algo, Pedro –replicó el hombrecito rojo.

-¿Realmente me estás hablando a mí? –dijo Pedro.

-Sí. Ay, me voy, me voy, ¡chau, chau! –y titiló hasta que desapareció.

Entonces se iluminó el otro, el verde, mientras gritaba a todos los peatones: – ¡Vamos, vamos, pasen, pasen todos! ¡Vamos, rápido! ¡Hey! ¿Y tu no cruzas, Pedro? ¡Vamos, rápido que me voy! Me voy, listo, ¡chau!” –dijo el hombrecito verde, y desapareció.

Pedro no lo podía creer. Claro, nunca le había prestado tanta atención al semáforo de peatones. ¡Qué se iba a imaginar él que los muñequitos hablaban!

-¡Vamos! ¡Ahora es el momento! Vamos que los espero, crucen, crucen... Bueno... ¡Se acaba el tiempo! ¡Crucen rápido! ¡Chau, chau! ¡Me voy! –dijo el verde.

Toda la gente había cruzado ordenadamente y un señor miró a Pedro como preguntándole qué hacía que no cruzaba. Pero Pedro estaba tan entretenido con el hombrecito rojo que se quería quedar para charlar un rato más.

-¡Eh! ¿Todavía aquí? Bueno, pero ahora no puedes cruzar porque aparecí yo, charlemos de nuevo –dijo el rojo.

En ese momento, Pedro vio que venía un muchacho caminando deprisa, sin ganas de esperar el semáforo.

-¡Eyyyy! ¡Para! –gritó el muñequito rojo, pero el chico no lo escuchó y se puso a cruzar la calle.

¡No se imaginan el desparramo que se armó! Venían varios coches y, para no atropellar al muchacho, el primero frenó de golpe y los de atrás comenzaron a chocarlo ¡y se armó un lío bárbaro!

-¡Ayyy! ¡¡Viste que te dije!! –le dijo el muñequito rojo a Pedro, mientras desaparecía, para darle paso al verde.

-¡Uy! ¡Qué desastre! –dijo el verde-. ¡Por qué no esperó un poquito hasta que apareciera yo!

Pedro vio llegar las ambulancias, gente enojada, gente triste, coches rotos y el susto en la cara del muchacho que nunca se olvidaría de aquel día.

Los hombrecitos del semáforo siguieron haciendo su trabajo de aparecer, desaparecer y cuidar a las personas. Y aunque algunos todavía no les presten la atención que merecen, ellos siguen trabajando incansables para nuestra seguridad.

FIN

Gracias a Mónica de Argentina por mandarnos este cuento

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