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Recursos educativos - Lenguaje Secundaria - Velocidad lectora

Recursos educativos - Fichas didácticas

Lee el texto en voz alta, con ritmo y entonación.

Superado con más de 120 palabras leídas por minuto. No se tendrá en cuenta el deje peculiar del habla del alumno/a.

La piedra angular

            Telmo se había parado, poseído de increíble timidez, a pocos pasos de la hueste. Toda la incitación de su esperanza; todo el pueril aplomo que le inspiraba la posesión de las dos brillantes monedas trocóse en encogimiento horrible al verse próximo a la sociedad, que era para él lo que para la mujer tachada el severo círculo aristocrático, ¡más inexpugnable que una muralla de hierro!, donde no logra penetrar nunca. Telmo sentía físicamente el peso de su traje destrozado, descuidado y sucio, en presencia de aquellos niños que, aun en medio del desorden del juego, revelaban en su ropa más o menos lujosa, pero aseada y bien recosida, el cuidado de dedos femeniles, el esmero de una madre, la posesión de un hogar. ¡Cuán felices ellos, con su cuaderno de apuntes en el bolsillo, emblema de la fraternidad escolar, con su alegre compañerismo, con sus horas de juego, con sus estudios que les habían de granjear un puesto entre las gentes, y cuán desdichado él, a quien tenían derecho a rechazar a puntapiés, como a can sarnoso!

            Permanecía clavado en el mismo lugar, sin ánimos para decir palabra, agitada la respiración, repentinamente pálidas las mejillas, el corazón bailarín. Los dos pedazos de plata en que había fundado todas sus osadas hipótesis le parecían ahora más ínfimos que dos ruedas de plomo. Sintió impulsos de agarrarlos y tirarlos también, imitando a la persona que sacó el brazo por la ventana de Moragas. ¡Qué idiotez suponer que con aquellas monedas se podía comprar el derecho de asociarse a los chicos del Instituto! Ni siquiera prestaban el valor necesario para pronunciar intrépidamente la frase sacramental: "¿Me dejáis jugar con vosotros?"

            La súplica sólo la formularon sus ojos, fijos con angustia en ambos cabecillas, quienes, a su vez, le consideraban con cierto desdén o altanería indulgente. Al fin, Edison, entre despreciativo y magnánimo, se dignó dirigirle la palabra:

            -Vamos a la playa de San Wintila. ¿Te quieres tú venir?

            Telmo imaginó que se abrían los cielos y que escuchaba los cánticos de los serafines. Paralizado por la emoción, con la cabeza dijo que sí.

            -Has de obedecer como un recluta.

            Nuevo balanceo de cabeza.

            -Has de hacer lo que te manden… y ojo con el miedo.

            Además de resolución.

            -Pues andando. ¡Liscaaaa!

            A este grito toda la partida salió corriendo.

Emilia Pardo Bazán: La piedra angular. Ed. Anaya