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Los magos de la felicidad

Recursos educativos - Cuentos para niños

Los magos de la felicidad - Silvana López Merina

Desde hace mucho tiempo, viven en un país lejano los magos de la felicidad. Allí sólo pueden llegar los niños buenos, ¡y nada más que en sueños! Cuando lo consiguen, se despiertan muy contentos por lo bien que lo han pasado. Pues bien. Había una vez una niña que tenía a sus padres enfermos. Era una enfermedad terrible y el médico les había ordenado que guardaran cama. Así que la niña se ocupaba de todas las labores de la casa: planchar, guisar, lavar, barrer y limpiar.

La niña lo hacía todo con alegría y nunca se quejaba de no tener tiempo para dibujar, leer o jugar con sus amiguitos.

En el país de los magos, todos empezaron a fijarse en ella, y pensaron que era hora de que Delia, así se llamaba la niña, visitara su país.

Por fin, una noche en la que Delia se acostó muy cansada y se durmió enseguida, los magos vinieron a buscarla y la llevaron al país de los sueños. Allí todo era maravilloso. La niña vio muchas flores y empezó a hacer un ramo precioso. “Se lo llevaré a mis padres”, pensó.

Luego siguió andando por un estrecho sendero y encontró a un pajarito herido. La niña lo tomó en sus manos y le dijo: “No te preocupes, te cuidaré hasta que te pongas bueno”. Con el pajarito en la mano, la niña siguió su camino. De pronto vio brillar ante ella, en el suelo, un diamante precioso. La niña se puso muy contenta y exclamó: “Se lo daré al médico que cuida de mis padres. El podrá cambiar este diamante por dinero y con ello comprará las mejores medicinas para mis padres. Así se pondrán pronto buenos”.

Mientras tanto, en el salón del trono, el rey de los magos estaba observando a la niña y ordenó a tres de sus súbditos que se le aparecieran.

En aquel momento la niña seguía caminando tan contenta por el país de los sueños, y de pronto se encontró a un mago vestido de amarillo, quien le dijo:

“¡Mi querida niña! ¿Cómo te llamas?

“Yo me llamo Delia. ¿Y tú, cómo te llamas?”.

“Eso no importa”, dijo el mago. “¿Me podrías dar esas flores?”.

“¿Para qué las quieres?”, Le preguntó Delia.

“Tengo un amigo enfermo y sólo se curará si le llevo estas flores”, contestó el mago.

La niña le entregó las flores y le dijo: “Bueno, tómalas, creo que las necesitas más que yo”. Y siguió su camino.

Poco después, se encontró con un mago vestido de azul. El mago le preguntó también cómo se llamaba y le dijo: “Por favor, dame tu pajarito. Estoy muy solo y lo cuidaré hasta que se cure. Luego, me hará compañía”.

Delia le contestó con tristeza: “Bueno, tómalo, lo necesitas más que yo”.

Delia siguió su camino y, al poco tiempo, se encontró con otro mago, este vestido de rojo. El mago le preguntó por su nombre. La niña le contestó: “Mis padres me llaman Delia. ¿Y tú cómo te llamas?”.

El mago le contestó: “Eso no tiene ninguna importancia. Pero quisiera pedirte un gran favor. Mis hijos están enfermos y no tengo dinero para comprarles medicinas. ¿Me podrías dar tu diamante? Lo vendería y conseguiría dinero”. Delia lo miró y le tendió el diamante, mientras decía: “Seguro que lo necesitas más que yo”.

El mago tomó el diamante y desapareció. Delia se quedó mirándolo con lágrimas en los ojos. Cuando lo perdió de vista, siguió caminando y llegó a un portón de oro.

Sin hacer nada, se abrió ante ella y Delia vio unas columnas también de oro, detrás de las cuales estaban los tres magos: el amarillo, el azul y el rojo. Al fondo del salón había un trono verde. Un mago estaba sentado en él y llevaba una corona. ¡Era el rey de los magos!

Su majestad le hizo una seña a Delia para que se acercase. Y habló a la niña con voz cariñosa: “Has llegado al país de los magos, porque eres una niña de buen corazón. Mis tres súbditos te han puesto a prueba tres veces durante tu paseo. ¿Te acuerdas de lo que te pidieron? Se los has dado todo. Delia, eres una niña muy buena”.

     

El mago se levantó y le acarició cariñosamente el pelo. “Ven, te enseñaré nuestro país”. El mago tomó a la niña de la mano y juntos fueron por el paraíso de los magos. Todos los que se encontraban con Delia le hacían una reverencia y saltaban sobre una pierna y la otra mientras cantaban alegremente:

“Delia, eres una niña muy buena, verá como pronto se pasa tu pena”.

Delia les daba las gracias a los magos cada vez que la saludaban. Pero, al llegar la noche, empezó a preocuparse. Quería volver a su casa, para hacer la comida a sus padres. Así que la niña le preguntó al rey de los magos cómo podría volver a casa. El la llevó a una bonita habitación y le dijo: “Acuéstate en esa cama. Cuando te despiertes estarás en tu casa”.

Delia se acostó y se  durmió. Y, efectivamente, al abrir los ojos, se encontró en su cama. La había despertado el canto de un pajarito. Entonces vio brillar un precioso diamante sobre su colcha y notó el perfume de un maravilloso ramo de flores. Todo esto llenó de alegría a Delia, porque ahora sus padres se podrían curar. Y, desde entonces, la niña se acordó muchas veces de los tres magos y de su bondadoso Rey.

**Autora: Silvana López Merina**

Cuento enviado por Irene, Maestra infantil