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Mortimer era un duende que vivía en el lugar más luminoso del bosque. Se especializada en escribir carteles, cartelitos y cartelones. Nadie hacía las letras tan bonitas como él. Gracias a su trabajo, ahora el bosque estaba muy bien señalizado, lleno de carteles para que nadie se perdiera. “Casa de la bruja a diez pasos”,  “Pantano oloroso al fondo a la derecha”,  “Dragón dormido siguiendo la línea de humo”. Por eso todos apreciaban mucho su trabajo.

Una tarde, muy tarde al volver cansado después de un paseo en el que había disfrutado de los encantos del bosque, se sentó en su silla y miró con atención el interior de su casa.  Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no tenía ninguna flor que le diera un poco de belleza a  su hogar. No había escrito ni siquiera un pequeñito cartel para colgar en su casa. Además, como no tenía forma de cerrar su puerta la gata y todo su gatitos habían entrado, ya dormían en su cama y se la habían llenado toda de pelos. El duende tuvo que dormir esa noche en el suelo apoyado en su almohadón que, para colmo de males estaba muy viejo y duro.

Por eso, al día siguiente se sentó en su silla y se pregunto:

-¿Qué casa será la más bonita, la más cómoda y la más segura de todo el bosque? Tengo que fijarme y construir otra igual para mí.

Y dispuesto a averiguarlo, Mortimer organizó un concurso en el que podría inscribirse cualquier habitante del bosque. El premio sería un gran cartel escrito con letras doradas.

Un hada, un ogro y una bruja se inscribieron, seguros de que sus casas serían las ganadoras. El duende dormiría una noche en cada una de las viviendas y así sabría cual era la más bonita, cómoda y segura.

Empezó por la casa del ogro. Era muy grande y espaciosa. Tenía puertas enormes con candados de hierro gigantes, lo que hacía que la casa fuera muy segura. Una vez que el ogro cerraba puertas y ventanas nadie podía entrar ni salir. ¡Pero para el duende era muy incómoda! Todo allí era muy grande. No podía levantar el cuchillo ni el tenedor de tan pesados que eran, y tenía que subir hasta la mesa enorme usando una escalera de 100 escalones. La cama tenía un colchón grueso de lana y manta pesadas. Tan pesadas que el duende durmió aplastado debajo de ellas casi sin poder respirar. ¡Y como al ogro le gustaba comer ensalada de cebolla con árboles en toda la casa había un olor muy desagradable! Mmm..., esa casa tampoco era la ideal.

El castillo del hada se encontrada en un jardín de flores. Un perfume delicioso envolvía el lugar. Las paredes y los muebles eran de cristal y un hermoso lago rodeaba la entrada principal. La cama tenía almohadas blancas de azucena, sábanas de pétalos de rosa rojas y un velo de rocío. Seguramente era la casa más bonita. ¡Pero a la hora de dormir resultó de lo más incómoda! Las sábanas de pétalos se desparramaron por todo el suelo; el rocío cayó encima del duende y los mosquitos, luciérnagas y grillos anduvieron rondando por su cabeza toda la noche. Nuestro amigo se despertó mojado, con frío, lleno de bichos y con toda la ropa manchada de rojo. No era la casa más cómoda. Y para colmo de males, cuando se preparaba para desayunar se sentó sobre una silla que, como era de cristal se rompió en mil pedazos. ¡Casi se corta con los fragmentos! Mmm..., este castillo no es nada seguro. Además, si vienen mis amigos a este lugar, ¡seguro que se caen de cabeza al lago!

El caserón de la bruja era oscuro, lleno de telarañas, tarántulas y animales nocturnos. La cocina estaba llena de frascos pequeños,  grandes y medianos con extraños contenidos y había en ella un caldero con una burbujeante sopa de colores verdosos. No era la casa más bonita.
Las ventanas estaban rotas y por ellas entraban gatos, búhos y murciélagos. El fuego que calentaba el caldero chispeaba desparramando pedacitos de fuego para todos lados. Y con cada estornudo de la bruja ¡todos los frascos de la cocina se tambaleaban y casi se caían! Mmm..., esa no era la casa más segura.
Pero como la bruja era viejecita y se le hinchaban las piernas, por la noche tenía almohadones y colchones esponjosos, mullidos y cómodos. ¡Y usarlos para dormir al lado de la chimenea era de lo más agradable! Seguramente era la casa más cómoda.

Elegir una casa ganadora era muy difícil. Cada una de las casas tenía algo muy bueno y sus dueños parecían muy contentos en ellas.

Entonces, viendo que la decisión era tan difícil, tuvo una idea. ¡Entregaría tres premios!

Al ogro le daría un cartel como premio a la casa más segura; al hada, un cartel como premio a la casa más hermosa, y a la bruja un cartel como premio a la casa más cómoda.

¡Los tres recibieron los carteles con alegría! ¡Eran tan hermosos con sus letras doradas y emperifolladas! Y cada uno, en agradecimiento, le hizo un regalo al duende. El ogro le regaló uno de sus candados. Encontró un candado muy pequeño, ideal para duendes. El hada le regaló una maceta con flores de los más variados y hermosos colores. Y la bruja le regaló un almohadón blandito y suave; el preferido de sus noches más descansadas. Esa noche el duende volvió a dormir en su propia casa llevando los regalos de sus amigos sin saber todavía cuál era la casa más bonita, cómoda y segura.

Cerró la puerta de entrada con el candado del ogro, puso en la mesa la maceta que le regaló el hada y apoyó los pies en el almohadón de la bruja. Tan segura, bonita y cómoda era su casa que se quedó dormido al instante.

Y, al despertar al día siguiente, después de haber dormido tan pero tan bien, se dio cuenta de algo muy importante. Tanto buscar tanto buscar y su casa se había convertido en la más bonita, segura y cómoda del mundo.

Y colorín colorado... El duende puso un cartel pintado:
“No hay casa como mi casa”
Y este cuento se ha acabado.

Autora: Analía Ugarte

Enviado por Irene - Educadora infantil